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Rosario Castellanos: "Diana Moreno Toscano: un premio, una memoria"

Premio Diana Moreno Toscano a la Promesa Literaria

Edición 1967

08/06/1968

Rosario Castellanos: "Diana Moreno Toscano: un premio, una memoria"

 

Diana Moreno Toscano, heredera de dos apellidos con amplia proyección dentro de la cultura y de la política nacional, heredó también el talento de sus antepasados, la inquietud por encontrar un sentido al mundo y una manera de formular y expresar sus hallazgos, sus deslumbramientos, sus convicciones.

Todo parecía indicar una inclinación, que cada vez iba a tender a la exclusividad por las letras. En 1963 apareció una plaquette hermosamente ilustrada por Leticia Tarragó. Su título: Informe para un psiquiatra.

Ya la elección de estas palabras para hacer comparecer la propia obra por primera vez ante el público es reveladora de muchas circunstancias personales, de muchas influencias recibidas y acatadas aún, de tendencias a las que se seguía.

La palabra “informe” quiere, desde el principio, establecer una tónica en el texto: la de la distancia, la de la objetividad, la de la sujeción rigurosa de las emociones y de los estados de ánimo. Esta actitud es defensiva, porque lo que se contempla alrededor o en el fondo de uno mismo duele, desgarra, produce angustia. ¿En qué época de la vida las sorpresas que nos depara el mundo son recibidas con un asombro y un desconsuelo del que parece que nada ni nadie podrá rescatarnos nunca? En la adolescencia, en la extrema juventud. Cuando se posee inteligencia, formación intelectual, información, se refugia uno en este nivel de la personalidad en que, como decía Jorge Guillén, “amar no es congoja”. Ni contemplar es sobresalto ni conocer es tortura.

 

Y es también en la adolescencia, asumida como una etapa de descubrimientos, como una necesidad primordial de establecer un orden en el caos cuando se pretende levantar un inventario de lo que se ha aprendido en las lecturas, en las vivencias propias, en las reflexiones entrañables. Cuando no podemos soportar que se pierda uno solo de los elementos significativos que hemos hallado, cuando queremos reunir, repasar, atesorar.

Pero si cada hallazgo y cada formulación contribuyen al establecimiento de nuestra identidad todavía ésta no ha alcanzado la fuerza ni el vigor suficientes como para bastarse a sí misma. Urge, entonces, el diálogo. No sólo con nuestros contemporáneos con quienes el intercambio suele reducirse al de una perplejidad por otra, al de un error (que al menos tenía el mérito de ser nuestro) por otro que nos resulta profundamente ajeno e inasimilable. Se busca entonces una instancia superior. El padre, el maestro, Dios. Pero las generaciones actuales han tomado, muy pronto, o una actitud crítica ante estas encarnaciones de la autoridad o decididamente iconoclasta. ¿Por qué no entonces recurrir a quien sabe de nuestros conflictos, quizá con mucho más acierto y lucidez que nosotros mismos? Y que no pretende resolverlos con una norma fija, dictando un ucase desde fuera, sino que pretende robustecer nuestra libertad, aclarar nuestros puntos de vista para que hallemos el hilo de Ariadna de nuestro laberinto y seamos capaces de seguirlo para encontrar la salida. El que se supone que cumple tal función es el psiquiatra. ¿Por qué no mostrarle a él el resultado de nuestras pesquisas, la afirmación de nuestras primeras situaciones?

Pues bien, esto es lo que hizo Diana Moreno Toscano y ya desde los primeros versos encontramos una exacta correspondencia entre el título y el contenido del libro. Encontramos un evidente afán de definirse, de enunciar un nombre adecuado para lo que ya se es, para lo que se necesita llegar a ser; un deseo de ubicación en el mundo. Porque cuando se está en el lugar que se debe es cuando resulta posible la realización de la tarea que nos hemos impuesto.

 

Extraña
como si fuese otra persona y no yo
camino de un lado a otro
en un cuarto de hotel
Busco encontrarme
A lo lejos el mar
Nieva
(Entonces atravesaba un parque. Cuándo?)
En el espejo una imagen conocida
parece ser mi rostro
Pero no
Yo no solía sonreír…

 

Muchas promesas quedaron incumplidas en este libro, muchos gérmenes que no alcanzaron su desarrollo: el sentido de lo concreto, la concisión del lenguaje, la vivacidad para pintar los ambientes, la ironía, la gracia, el pudor de la ternura. Promesas incumplidas, gérmenes sin desarrollo porque Diana Moreno Toscano murió en la edad en que mueren los favoritos de los dioses.

Otro poeta, Jaime Sabines, se pregunta en alguno de sus poemas que si el que pierde a su cónyuge se llama viudo y el que pierde a sus padres huérfano, por qué no existe una palabra para llamar al que pierde un hijo. Quizá porque es, de todas las pérdidas, la más grave, la más irrevocable, la que no alcanza siquiera a articularse en sílabas.

 

Los padres de Diana Moreno Toscano eligieron, entre las diversas conductas posibles ante la desgracia, la de la generosidad e instituyeron un premio, que llevaría el nombre de la muchacha desaparecida y que se concedería, como un estímulo a la más viable promesa literaria según la opinión de los jurados.

No se trata de un concurso en el que cualquier hijo de vecino se ampare en un seudónimo y envíe una muestra de su producción. Ni tampoco de confirmar, en la vía de su consagración, a quienes ya alcanzaron cierto grado de renombre, el acceso a las prestigiosas editoriales y las puertas abiertas en las principales publicaciones del país. Sino al contrario. De jóvenes, no tan en agraz, como para que sus escritos no hayan pasado por el tamiz de la imprenta y no hayan sido leídos y juzgados por la crítica. Es decir, de jóvenes que atraviesan por ese momento de entusiasmo y fervor en que se fundan revistas y se mantienen con ímprobos esfuerzos; en que se quiere celebrar un pacto público con la literatura, mediante el cual se comprometen a servirla, como a única señora, por el resto de la vida.

Este tipo de jóvenes, profesionales por la actitud ante el trabajo, por la seriedad, por el talento, pero que todavía no alcanzan un sitio de privilegio en nuestro Parnaso, eligieron los jueces. De manera unánime su elección recayó sobre Elsa Cross con beneplácito de quienes conocen y aprecian la versatilidad de su talento, el empeño con que trabaja y el rigor con que está formándose. No dudamos de que esta distinción, tan merecida, le será útil y que pronto leeremos el libro en el que recoja lo que ahora anda disperso en cuadernos y hojas efímeras y dé a la luz su material inédito. Desde ahora nos preparamos a disfrutarlo y a aplaudirlo.
 

 

“Diana Moreno Toscano: un premio, una memoria”, incluido en Mujer de palabras. Artículos rescatados, I, pp. 573-575.
D. R. © 2024, Fondo de Cultura Económica
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